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    ¿Comunas socialistas? Un despropósito descomunal
    Henrique Meier* / Soberania.org - 05/11/12
   
  Cualquier jurista con un poco de lucidez debería tener conciencia de la esquizofrenia jurídica, política e institucional que deriva de la contradicción insalvable entre una “Constitución formal” y una “Constitución real” conformada por el conjunto de “actos normativos” y no normativos que infringen los valores, principios, derechos y garantías ciudadanas, deberes estatales y gubernamentales...  
     
El individuo moderno surge cuando los valores universales se imponen a través del doble sello de la Razón crítica y de la fe personal desvinculada de la obligación ritual
   

Un prominente constitucionalista de la mesa de la unidad democrática hace pocos días en un programa televisivo criticaba el proyecto chavista de creación de unas pretendidas “comunas socialistas” por considerar inconstitucional tal proyecto (hasta los momentos han sido “registradas” 511 “comunas”). Ahora bien, al margen de la evidente y burda inconstitucionalidad, lo que tiene sin cuidado a Chávez Frías y a los “sui géneris” magistrados de la Sala Constitucional del TSJ, el problema de fondo no es de carácter jurídico.

Alegar la inconstitucionalidad ante un régimen de poder que se caracteriza, precisamente, por la continua y sistemática violación de la Constitución Nacional por obra del discurso del poder, los decretos con valor, rango y fuerza de ley, las leyes, reglamentos, actos de gobierno, resoluciones administrativas, sentencias judiciales, y prácticas gubernamentales, administrativas, judiciales, parlamentarias, policiales y penitenciarias, es un mero “saludo a la bandera”.

Cualquier jurista con un poco de lucidez debería tener conciencia de la esquizofrenia jurídica, política e institucional que deriva de la contradicción insalvable entre una “Constitución formal” (de papel) aprobada mediante referendo popular en diciembre de 1999, y ratificada mediante otro referendo 8 años después (diciembre de 2007), cuando la mayoría de electores
rechazó la propuesta de reforma constitucional presentada por Chávez Frías, y una “Constitución real” conformada por el conjunto de “actos normativos” y no normativos, antes mencionados, que infringen los valores, principios, derechos y garantías ciudadanas, deberes estatales y gubernamentales; en suma “el proyecto de Estado, sociedad, economía, educación y cultura”, o “proyecto de país”, formalizado en la Constitución de papel.

Y es que la Constitución del 99, el librito que en muchas oportunidades Chávez Frías exhibía en su programa de bufonería política “Aló Presidente”, afirmando que se trataba de la mejor Constitución del mundo, carece de todo valor jurídico. A lo sumo, su valor es “político”, pues se ha convertido en instrumento de lucha del sector social democrático disidente. Permite calificar como ilegítimo desde el punto de vista axiológico (ilegitimidad de desempeño) a este régimen de poder brutal, primitivo, pre-moderno (anti-estatal), corrupto (corruptocracia:
la corrupción es el sistema).

Y digo que el problema es de fondo, porque aunque el proyecto de creación de las “comunas socialistas” se pretende imponer mediante una ley, el mismo va a enfrentar la realidad de un país que culturalmente se ha venido transformando irreversiblemente en una “sociedad de diferentes” o plural. Y como he señalado en otros artículos, utilizando la expresión del sociólogo francés Michael Crozier “On ne peut pas changer une societé par decret” (“no puede cambiarse una sociedad por decreto”).



Una nación integrada por “comunas”, por una “comunidad nacional”, en lugar de una “sociedad nacional”, objetivo de los regímenes de poder totalitarios inspirados la ideología marxista leninista, implica insoslayablemente la destrucción de la persona-individuo (de la personalidad individual), de la conciencia del yo único e intransferible, de la autonomía de la persona frente a los otros: la sociedad, y el Estado, y por tanto, la eliminación de la propiedad privada o posibilidad de un patrimonio propio, de los derechos y libertades individuales (de conciencia, pensamiento, opinión, expresión, información, trabajo, empresa, arte, profesión, oficio, culto religioso, identidad sexual), de la libertad para ser uno mismo en su intimidad personal y familiar (el espacio invulnerable del hogar o la garantía de su inviolabilidad); en fin, del control de la persona sobre su propio cuerpo y mente, que pasan a constituir dominio estatal, tal es el implacable proceso de reducción de la complejidad social (Estado caníbal: engulle al individuo y la sociedad).

No porque se “registren” unas supuestas comunas de conformidad con una disparatada ley, se trata en verdad de esas modalidades de ordenación de la vida humana. No creo equivocarme si afirmo que la real intención de la mayoría que forma parte de esas comunas y de los consejos comunales, es acceder al presupuesto: recibir aunque sea algunas migajas del “Ogro Filantrópico” (Octavio Paz), pues como dice otro brillante escritor e intelectual mejicano, Carlos Fuentes, refiriéndose a la sociedad de su país “…el que no transa no avanza, vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”
[1].

Para crear y organizar auténticas comunas sería indispensable la radical extinción de la realidad antropológica, histórica, cultural y existencial del individuo u hombre-individual y su sustitución por el hombre-comunitario, comunal o comunista, lo que exige la implantación de un sistema de creencias, mitos, símbolos, leyendas, representaciones colectivas (un imaginario colectivo), prácticas sociales y costumbres, vale decir, una cultura que privilegie de forma absoluta a la comunidad, al “nosotros indiferenciado”, sobre el “yo diferente”.

En las formaciones sociales comunitarias del pasado y en aquellas que todavía existen en nuestro tiempo (tribus, clanes, la familia patriarcal, la polis en la Gracia Antigua), la cultura impide a la persona reconocerse como individuo autónomo, pues la identidad es comunitaria. Y es la pertenencia a la comunidad la que le otorga identidad. La comunidad se realiza, se reproduce, en la vida de cada uno de sus integrantes. La totalidad de la existencia humana es comunitaria: el trabajo, la propiedad, lo lúdico (los juegos y celebraciones), los ritos, el culto religioso, la existencia cotidiana. Por tanto, no se configura la separación entre la esfera privada y la pública, pues el orden comunitario es un todo inescindible.

“La figura del individuo- nos dicen los sociólogos  François Dubet y Danilo Martucelli en su obra. ¿En Qué Sociedad Vivimos?
[2] -es un producto de la modernidad cultural y de la complejidad funcional vinculadas con la idea de sociedad. Se opone a aquella constituida por el hombre de la comunidad íntegramente subordinada a las creencias colectivas, los códigos culturales ritualizados, el control del grupo. El individuo moderno surge cuando los valores universales se imponen a través del doble sello de la Razón crítica y de la fe personal desvinculada de la obligación ritual. Emerge de las mutaciones lentas y de las fracturas del Renacimiento, de la Reforma y de las Luces”.



Por su parte Savater en su obra  “Invitación a la Ética”, expresa con dramatismo esa separación entre individuo y sociedad con la quiebra de la polis griega:


“… individuo y sociedad se oponen desde entonces siendo las indisciplinadas y egoístas apetencias de aquél coartada de los males de ésta y la masificación coactiva de esta justificación de los trastornos de aquél. Dos proyectos irreductibles han de enfrentarse: el de los individuos que pretenden ser buenos y felices pese a la sociedad que les encierra y los coarta, frente al ideal social que aspira a cumplir su ordenada y justa perfección pese a los disolventes caprichos personales”[3] .


Al extinguirse la estructura comunitaria de la familia, la tribu, el clan,  la polis, y de la reunión de los fieles en Cristo, y su función dadora de identidad, pertenencia e integración, y emerger un nuevo tipo de sociedad insusceptible de sostener esas funciones por medio de ordenaciones normativas interiorizadas en la conciencia colectiva, surge el Derecho (y el Estado) como elemento de conexión de individuos que se perciben distintos, que forman parte de diferentes clases y categorías socio-económicas, ideologías políticas, cultos religiosos, nacionalidades, etnias.

El hombre de nuestro tiempo es simultáneamente una persona-individuo y una persona-social. Como individuo autónomo tiene una vida personal (derechos, intereses, deseos, ambiciones, metas) y como parte de la sociedad tiene una vida social (la pareja, la familia, el barrio, el trabajo, la iglesia, la asociación de vecinos, la “junta comunal”, el club deportivo, etc.). La sociedad es producto de la compleja red, tejido o trama de las múltiples, variadas y permanentes relaciones intersubjetivas o relaciones sociales (afectivas, familiares, vecinales, económicas, políticas); es un sistema vivo, abierto, dinámico, dialéctico, inacabado e imprevisible.

Pero, el sistema social, a su vez, nos produce: nos da una educación, una lengua, unas costumbres, unas creencias y valores, una “incierta identidad” (¿Qué es ser venezolano o venezolanidad?). Sin embargo, no somos un producto irreflexivo de un molde o estándar colectivo. No somos el engranaje colectivo del que hablaba el padrecito de los pueblos, el genocida Stalin, para referirse al hombre soviético. Hay una neta diferencia entre la persona social que no implica la anulación de la persona-individuo, y la persona-comunitaria, o la ausencia total de autonomía individual.

Cualquiera que observe la estructura y dinámica social del país tiene que concluir en que vivimos en una sociedad pluralista: pluralismo existencial (estilos de vida diferentes); pluralismo ideológico, a pesar de los esfuerzos del régimen de poder para liquidar la diversidad de ideas, valores y creencias acerca de la política y el Estado; pluralismo social o diversidad de clases sociales; pluralismo étnico, ético, estético, religioso, cultural.



En Venezuela la mayoría desea ascender, tener cosas, dinero, ropa de marca, sol, automóviles, viviendas propias, educación para sus hijos, póliza de vida, seguro social, hospital, teléfonos celulares (móviles), televisoras, computadoras, alcohol, viajes, diversiones. En una palabra, necesidades e intereses vinculados a la apropiación privada de bienes y a la gratificación del consumo individual.

Que esas cosas las prometa y las haga realidad para algunos un régimen que se autocalifica de socialista y revolucionario, no le quita a esas expectativas el carácter de deseos típicos de una sociedad de consumo individualista; del satanizado capitalismo y la economía de mercado. La globalización por instrumento del Internet, las redes sociales y los medios de comunicación social, ha reforzado  esa imagen de la igualdad en la posesión y consumo de bienes. ¿Dónde está la ética solidaria de las comunas y los consejos comunales?

Por esa razón, es imposible retrotraer una “sociedad de diferentes” a una “comunidad homogénea” cerrada, integrada por personas estandarizadas, que no se diferencien por su pensamiento, opiniones y estilos de vida, objetivo de los regímenes comunistas que terminan en un estruendoso fracaso. Una vez que la sociedad evoluciona de la etapa cultural “premoderna” a la moderna, ese cambio cualitativo no puede suprimirse. Es como si pudiésemos volver al útero de nuestras madres, o  a la condición pre-humana de armonía ciega con la madre natura. De allí el “despropósito descomunal” de las comunas, un proyecto fuera de la historia, y a contracorriente de la realidad social y cultural.

Y como los individuos tienden a resistir la imposición de una forma de vida comunitaria, el Estado socialista, cuya finalidad fundamental es transformar a la persona-individuo en persona-comunista, en persona-colectivo (el “nuevo hombre”) y a la sociedad de diferentes en una sociedad homogénea o estandarizada, no tarda en utilizar medios coactivos y represivos para forzar y disuadir a la población en la realización de ese objetivo eliminando los derechos y libertades individuales,  utilizando la inculcación ideológica o lavado de cerebro (El Estado “docente”), la discriminación, el exilio, la cárcel, los  campos de concentración, el asesinato de los opositores y disidentes; en fin, el terror como “política de Estado”.

La consecuencia de esas “políticas” es la destrucción del tejido social, de la autonomía del individuo y la sociedad civil, la total estatización de la vida social, el miedo y la resignación, el disimulo y la sumisión  de la mayoría al poder (
Cuba, por ejemplo).


“Hacia 1934 en la Unión Soviética- escribe el historiador Donald Rayfield- había medio millón de trabajadores esclavos. El tamaño de los campos no dependía del número de arrestos, sucedía al contrario, eran las necesidades económicas de los campos, con su terrible mortandad y su inagotable sed de trabajadores prescindibles, las que dictaban el número de arrestos. El plan quinquenal de industrialización de Stalin exigía urbanización. La solución consistía en despoblar las zonas rurales. Las requisas de granos de 1928 y los impuestos convirtieron en mendigos a los granjeros y  privaron a los campesinos de todo incentivo para permanecer en el campo. A partir de aquel momento, el Estado despojó y aterrorizó a la población rural. El gran cambio anunciado en 1929, un programa de colectivización total en las regiones productoras de cereal, fue el siguiente paso… Sobre el papel la campaña fue un éxito. A mediados de febrero de 1930, Mólotov informó que unos trece millones y medios de hogares -más de la mitad del campesinado soviético– habían entregado sus tierras, ganado y herramientas a las granjas colectivas… Pero lo cierto es  que muchas granjas colectivas sólo existían sobre el papel, en regiones donde las acciones emprendidas se habían limitado a diezmar a la población y aniquilar la economía”[4]



Al final, cuando se derrumba el régimen totalitario, el primero y fundamental cometido del Estado democrático, si es que el totalitarismo es sustituido por un Estado de Derecho,  debe ser la reconstrucción del tejido social mediante el establecimiento de un sistema de derechos y libertades individuales; lo que por cierto, no ha ocurrido en Rusia luego de la implosión del sistema comunista, pues en ese país lo que existe es un disfraz de democracia tras el cual opera una férrea autocracia (Putin, exjefe de la policía política) donde las mafias de toda índole actúan a sus anchas.

¿Estaremos los venezolanos dispuestos a aceptar la colectivización forzosa de la vida social?

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